Historia de lluvia de Luna
Lluvia de Luna no nació como empresa.
Nació como una intuición.
En 2013, mientras estudiaba en la UCAB, conocí a Vane. En ese momento no sabíamos que años después estaríamos construyendo algo juntas.
Ese mismo año, durante unas vacaciones de verano en Budapest, la idea empezó a tomar forma. Recuerdo estar lejos de casa y sentir que algo quería nacer. No tenía estructura, ni plan de negocios. Solo una sensación clara: quería crear un espacio de encuentro a través del juego, los cuentos y la presencia.
Volví a Venezuela con la idea latiendo fuerte. Se la conté a Vane. Le brillaron los ojos. Y así, casi sin saber cómo, decidimos empezar.
El 25 de noviembre de 2013 Lluvia de Luna abrió sus puertas.
No sabíamos manejar una web. No sabíamos de facturación. No sabíamos de marketing. Solo sabíamos lo que queríamos provocar: conexión, risa, vínculo.
La vida fue poniendo personas en el camino que nos ayudaron a aprender lo que no sabíamos. Y poco a poco el sueño dejó de ser solo sueño.
Ver a padres y pequeños compartir rimas, canciones y cuentos fue uno de los regalos más grandes de esa etapa. Lluvia de Luna era un espacio pequeño, pero lleno de presencia.
Después vino la transformación.
La realidad de Venezuela nos atravesó como a tantos otros. Yo me fui a Argentina. Allí continué formándome como doula, profundizando en alimentación y acompañamiento. Fue un tiempo de aprendizaje profundo. De experiencias que me expandieron y otras que me desarmaron para volver a armarme distinta.
Vane sostuvo el espacio un tiempo más en Venezuela, hasta que las actividades cesaron.
Pero Lluvia de Luna no desapareció.
Se estaba transformando.
Años después, al llegar a Hungría, volví a sentir esa intuición inicial. Ese susurro que dice: todavía hay algo aquí.
Hoy me encuentro en Alemania y Lluvia de Luna entra en una nueva etapa. Ya no es solo un espacio físico. Es una práctica. Es una manera de comprender el cuento. Es una pregunta abierta.
La versión 2.0 no fue solo un cambio de formato. Fue un proceso interno.
He pensado cada paso desde que salí de Venezuela. He dejado que la idea madure conmigo. Y ahora, poco a poco, vuelve a tomar forma.
Lluvia de Luna ha cambiado de empaque, sí.
Pero no ha cambiado de corazón.
Sigue siendo un espacio donde las historias nos reúnen.
Sigue siendo un lugar para escucharnos.
Sigue siendo una construcción colectiva.
Tal vez Lluvia de Luna nunca fue solo un espacio.
Tal vez siempre fue una forma de volver a escucharnos.
Y si estamos hechos de historias, ha llegado el momento de volver a escucharlas…
y de contarlas de otra manera.